martes, 5 de julio de 2016

El viaje de mi vida (y III)

En Saint-Denís, un par de horas antes del Italia-España.
Mi amiga Brenda se alegró cuando Perisic le puso las banderillas al combinado español. Por una parte, a mí no me desagradaba ser segundo de grupo, por eso de tener una logística más sencilla y, sobre todo, por ver un Italia-España en Saint-Denis. De hecho, desde que me hice con las entradas para los octavos de España, cuando me preguntaban qué encuentros iba a ver, contestaba "ante Turquía, Croacia y el de octavos, que, puede ser contra Italia en Saint-Denis". Y así fue finalmente. Contra Italia en Saint-Denis. Sin embargo, fue de lo más light de mis casi dos semanas en tierras francesas. Supongo que el resultado lo condicionó todo.

PARÍS
Dije adiós a Burdeos (mi ciudad fetiche de Francia) para poner rumbo a la capital gala el viernes anterior al encuentro. El plan era sencillísimo: tren rápido y en poco más de tres horas estaba allí. Otra opción más económica era recorrerse media Francia en autobús, pero era mejor ganar tiempo y ver la que dicen que es la ciudad del amor.

La lógica indicaba que había que ir a Lens (siendo primeros = no perder ante Croacia). Con el gol helado de Perisic tenía cuatro días en París, aunque hubiese preferido reducirlos con tal de estar en el lado fácil del cuadro. Sin tiempo de lamentarse y con el mapa de las infinitas líneas de metro y RER (ferrocarriles rápidos con precios económicos), llegué rápidamente al peculiar barrio de Saint-Denís. La casera me avisó de la multiculturalidad de la zona, incluso del bullicio por las noches en el parque que tenía a cinco metros del piso. Como si eso fuese un problema. Es cierto que horas después, a las dos de la madrugada, corroboré las palabras de la tal Lafita, con una quincena de chinos disputando un partidillo nocturno en el campillo donde se olvidan los problemas y lo único que importa es el balón. Y yo tan tranquilo porque el balón nunca es problema.

Posando en el Parque de los Príncipes.
Ese viernes visité París. Era mi tercera vez allí, pero la primera en solitario, así que aproveché para marcar el ritmo. Antes de rodearme de estresados turistas en el centro, visité el Parque de los Príncipes. Pero poco pude ver por las medidas de seguridad. Sin móvil, una chica española que trabajaba para un catering austriaco que iba a operar al día siguiente en el Gales-Irlanda del Norte (este mundo tan globalizado...) me hizo el favor de echarme una foto en las inmediaciones del feudo del PSG para enviármela después.

Foto obligada delante de la Torre Eiffel.
La segunda parada, obligada, era la Torre Eiffel. Desde la salida del metro hasta el monumento, mucha gente ganándose la vida como puede vendiendo llaveros, banderas o bebida. Otros estafan a turistas con el timo de los trileros. Antes de llegar a la propia torre, toca foto con la bandera, sucia tras una decena de días recorriéndose Francia de este a oeste y de sur a norte. Un mejicano, también buena gente, inmortaliza el momento con su cámara para después mandármelo.

De la Torre Eiffel al Arco del Triunfo para dejarme llevar por los comercios de la Avenida de los Parques Elíseos, con final en el Louvre, antes de relajarme en los propios Parques, con el sol poniéndose lentamente. La mañana siguiente (la del sábado 25) fue mucho más estresante. A las 8 ya estaba en Montmartre para (intentar) arreglar el móvil en una de las 60-70 tiendas de móviles que hay en el famoso barrio. Basílica del Sagrado Corazón después, sin poder disfrutar de los típicos pintores (estarían durmiendo...) y 35 euros después en la tienda de móviles, se supone que por arreglar el móvil, aunque sigo pensando que ni lo tocaron...

Después, el momento más duro del viaje, junto a la derrota ante Italia. El resumen es cinco horas en Notre Dame esperando a mi amiga Brenda, aterrizada desde Canarias, sin móvil y sin encontrar un locutorio. Sin nada, exceptuando Campos de Níjar, libro que terminé y que me hubiese dado tiempo a empezar, terminar, empezar y terminar todas las veces que hubiese querido. Al final, tras una decena de estaciones de metro, un locutorio en algún lugar perdido del mundo y Dios sabe cómo se arregló el desaguisado.

El día lo terminamos... adivinen dónde... en la Fan Zone. Bueno, en las dos de París. Primero fuimos a la de Saint-Denís a ver Gales-Irlanda del Norte. Decepcionante. De la decena de Fan Zones me ha faltado por ver la mitad, pero estoy seguro que la de Saint-Denís es la peor con diferencia. Eso sí, peluquerías no faltan en el famoso barrio parisino el día y a la hora que sea. El sábado lo cerramos en la de la Torre-Eiffel, con el Croacia-Portugal. Momento mágico: fútbol con el famoso monumento, iluminado, justo detrás de la pantalla gigante.

Realmente me decepcionó París, sin ambiente de fútbol comparado con Niza, Burdeos o Lyon. Supongo, que al ser más grande, no está todo tan concentrado, pero apenas se notaba que había Eurocopa. Y ni qué decir de Disneyland París, a donde fuimos el domingo. El famoso parque temático, con un 30% de las atracciones cerradas por reformas, es totalmente ajeno al torneo. Al menos, disfrutamos como niños allí, ya con la compañía de mi amigo almeriense Andrés, aterrizado desde Hamburgo, donde reside ahora.

Vimos hasta un espectáculo musical de Frozen en Disneyland.
Se suponía que el lunes 27 también íbamos a vivir emociones fuertes, pero el día 12 de mi aventura decepcionó. Ambas Fan Zones cerradas, lo que disminuyó el ambiente de italianos y españoles. Dentro de Saint-Denis, todo muy bonito hasta que Fábregas sacó de centro. Entonces empezó a llover fuerte, presagiando la que se avecinaba. El desenlace, con una eficaz y superior Italia, ya lo conocen todos.

Al día siguiente, París-Málaga vía área y Málaga-Almería en un autobús cada vez más rápido. "Abuela, ayer estuve en Saint-Denís viendo Italia-España. Pero perdimos. Estamos eliminados, ¡vaya mierda!", le dije por teléfono. Ese fue el final de una aventura espectacular...

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